Lo siento, no voy a hablar de Cataluña. Ni de los refugiados. Mi primera entrada sobre política va a ser sobre un tema más básico. Muy probablemente, las generales de diciembre de 2015 sean
las últimas elecciones generales en las que haya que ir a votar.
Y es que, en una España en la que hay más líneas de móvil que habitantes y en que más del 80 por ciento de la población tiene conexión a internet, en el que el DNI es
electrónico y los impuestos se pagan desde casa, la pregunta es por qué
seguimos teniendo que ir a depositar una papeleta en una urna, cuando podemos
votar cómodamente desde casa, lo cual sería más barato e incrementaría la
participación y, por tanto, la representatividad y legitimidad de los
resultados. Democracia directa es más democracia.
Estonia celebra sus elecciones generales por voto telemático
desde 2007, y países tan cercanos y modélicos como el Reino Unido, Suiza o
Estados Unidos han utilizado y utilizan este sistema, que ya no ofrece dudas en
cuanto a su seguridad y fiabilidad. Incluso los españoles inscritos en el censode residentes ausentes (CERA) tienen garantizado su derecho a votar telemáticamente.
Es decir, existen los medios y la experiencia está probada con
éxito. Entonces ¿Por qué en España ni siquiera se plantea el debate?
La respuesta no es difícil. Cada vez que hay elecciones, nos
llegan a casa las papeletas de los principales partidos, por supuesto a cargo
del presupuesto, es decir, del bolsillo de todos. No vaya a ser que nos tomemos
la molestia de leer otros programas, buscar otras papeletas, en definitiva,
ejercer nuestro derecho a elegir, que es de lo que al fin y al cabo van unas
elecciones.
La principal razón es, por tanto, el control. Estamos tan habituados a oir hablar a los periodistas de que tal partido le quita votos a tal otro, que no nos paramos a pensar ; aceptamos con naturalidad que los partidos patrimonialicen nuestro voto, nuestra decisión, y lo consideren propio. Consideramos nuestra filiación política como parte de nuestra identidad; votar a otro partido es como cambiar de equipo de fútbol, una traición. Lo perdonamos todo, vamos en piloto automático. No nos diferenciamos mucho de los votantes del XIX, que votaban al cacique porque era "lo natural". Pero lo nuestro tiene más delito, porque tenemos una educación pública y gratuita. Como denuncia Pérez Reverte somos cultos, y tenemos lo que nos merecemos.
En cada uno de los últimos años, incluidos los de la crisis,
los partidos políticos se repartieron más de 50 millones de euros por año para
gastos de funcionamiento interno, más aproximadamente otros 30 millones de
euros para sufragar gastos electorales.
De ellos, la mitad fueron al PP, algo más de un tercio al PSOE, y el
resto se repartió entre las demás formaciones. Lo cual no impide que todos ellos estén inmensamente endeudados (incluso con el trato de favor que les da el sistema financiero), ni que el
Tribunal de Cuentas haya detectado irregularidades o financiación ilegal en todos ellos (con la digna excepción de UPyD, pero ya hemos visto cómo les ha
ido al posicionarse voluntariamente fuera del sistema.
Según la Constitución, "Los partidos
políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y
manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la
participación política" (art. 6 CE). De ahí que se justifique su financiación con cargo al erario público. Pero es que la Constitución es de
1978, y en esa época no había internet.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto los partidos siguen siendo "instrumento fundamental" de la participación política. Máxime cuando, en 30 años de democracia, los dos principales partidos se han convertido en auténticas empresas para conseguir el poder y gestionar el presupuesto en beneficio propio, convirtiéndose en la famosa "casta". Son campeones del nepotismo y la corrupción en todas sus variantes; han comprado los principales medios de comunicación y están perfectamente imbricados en el sistema financiero, en especial las eléctricas, que les aseguran retiros dorados. Han desvirtuado los mecanismos de control y politizado la justicia, dando al traste con el sistema de "frenos y contrapesos" que supone la separación de poderes, fundamento de la democracia. Por lo demás, viven de espaldas a los ciudadanos, a los que solo quieren para que, cada cuatro años, legitimen nuevamente su latrocinio institucionalizado. Y lo peor es que lo hacemos, ciega y sistemáticamente.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto los partidos siguen siendo "instrumento fundamental" de la participación política. Máxime cuando, en 30 años de democracia, los dos principales partidos se han convertido en auténticas empresas para conseguir el poder y gestionar el presupuesto en beneficio propio, convirtiéndose en la famosa "casta". Son campeones del nepotismo y la corrupción en todas sus variantes; han comprado los principales medios de comunicación y están perfectamente imbricados en el sistema financiero, en especial las eléctricas, que les aseguran retiros dorados. Han desvirtuado los mecanismos de control y politizado la justicia, dando al traste con el sistema de "frenos y contrapesos" que supone la separación de poderes, fundamento de la democracia. Por lo demás, viven de espaldas a los ciudadanos, a los que solo quieren para que, cada cuatro años, legitimen nuevamente su latrocinio institucionalizado. Y lo peor es que lo hacemos, ciega y sistemáticamente.
Hoy día es legítimo decir que los partidos políticos han
secuestrado la democracia, y que se han convertido, al menos los mayoritarios, en auténticas organizaciones
criminales.
Pero es que, además, como intermediarios que permiten al
ciudadano ejercer la participación política, actualmente están obsoletos, son
inútiles. Los necesitamos tanto como necesitamos a las discográficas para
escuchar la música que nos gusta. Hoy podemos tener línea directa para elegir y controlar al gobierno, sin intermediarios profesionales que se blinden frente a sus electores.
Si un político quiere mi voto, que me enseñe sus credenciales, su programa y su equipo. Que me dé sus Curriculum Vitae. Que especifique qué pretende hacer con mi voto, medidas concretas. Y que se comprometa firmando ese programa a cuatro años como un contrato ante notario, con una memoria económica, que permita verificar su puesta en práctica. Que no me venda humo ni me pretenda manejar con demagogias. Porque ya no tienen el poder. Las discográficas cayeron. Los partidos, es previsible que opongan aún mayor resistencia, porque hacen las leyes, pero acabarán cayendo. Ineluctablemente. Por mi parte, cuanto antes, mejor.
Si un político quiere mi voto, que me enseñe sus credenciales, su programa y su equipo. Que me dé sus Curriculum Vitae. Que especifique qué pretende hacer con mi voto, medidas concretas. Y que se comprometa firmando ese programa a cuatro años como un contrato ante notario, con una memoria económica, que permita verificar su puesta en práctica. Que no me venda humo ni me pretenda manejar con demagogias. Porque ya no tienen el poder. Las discográficas cayeron. Los partidos, es previsible que opongan aún mayor resistencia, porque hacen las leyes, pero acabarán cayendo. Ineluctablemente. Por mi parte, cuanto antes, mejor.







