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martes, 25 de agosto de 2015

La Virgen María



Cuando tenemos un concepto muy arraigado, y lo hemos aprendido de muy jóvenes, decimos que lo hemos "mamado". Los mimbres con los que se va formando desde que nacemos el bastidor en el que estructuramos nuestra manera de ver el mundo, nuestros valores, los recibimos de la madre, antes incluso de tener uso de razón. Es de la madre de quien aprendemos el nombre de Dios, quien nos enseña a rezar. Y esa identificación entre la madre y el amor, esa sacralización de la madre, nos acompaña toda la vida. 

Por eso no es de extrañar que la iglesia católica, desde muy pronto, estableciera el culto a María, madre de Dios como uno de los pilares de la devoción cristiana. Es algo natural en el hombre sentir devoción por su madre. Además, el amor de una madre de Dios y madre nuestra ayuda a comprender y sentir de una manera más cercana a Dios como padre de todos y de cada uno. Los hijos de madres católicas serán, al menos hasta su mayor edad, también católicos, porque el sentimiento religioso, como hemos dicho, se "mama" en casa.

 El culto mariano, aunque acompaña a la religión cristiana desde bien pronto, no tiene verdadero fundamento en las escrituras. En ningún momento dicen los evangelios que Jesús instituya el culto a María, o que le otorgue ninguna dignidad o alabanza especial. De hecho, sorprende las pocas veces que los evangelios recogen que Jesús se dirige a ella, o habla de ella, y cuando lo hace, no es con especial deferencia o devoción, como en la escena de Jesús entre los doctores, o en las bodas de Caná: 

Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.» El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc. 2, 48-49)

Le dicen: "Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan". Él les responde "¿quiénes son mi madre y mis hermanos?" Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro a su alrededor, dice: -"Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3, 32-35).

"El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí" (Mt 1, 37)

Sucedió que, estando él diciendo estas cosas,  alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron.” Pero él dijo: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 27-28).

Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: "No tienen vino." Jesús le responde: "¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora." (Jn 2, 3-4).

Y "mujer" la llama también desde la cruz, cuando la encomienda al cuidado de Juan: Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» 27. Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.(Jn. 19, 25-27)

Sin embargo, no cabe dudar del éxito del culto mariano. Incluso en los tiempos actuales, en los que la religión no pasa por su mejor momento en el imaginario colectivo y en los valores de lo "políticamente correcto" y en que los creyentes son a menudo criticados y hasta ridiculizados, comprobamos que muchos que nos declaramos agnósticos, o al menos no practicantes, asistimos con orgullo a las procesiones marianas y tenemos muy cerca de nosotros una imagen de la Virgen. En este sentido, el hecho de vincular las distintas advocaciones de la Virgen con los lugares de nacimiento es un absoluto acierto de la Iglesia. El sentimiento de pertenencia, de las propias raíces, se vincula  a la madre y, de manera natural, a la Virgen de cada uno; en mi caso, a la de Covadonga, la "Santina", de la que tengo una imagen en el salón de mi casa. 
 
Se puede, de manera racional, dejar de creer en la institución eclesial e incluso en Dios, pero resulta más difícil renunciar a la Virgen. La llevamos muy dentro.
María fue declarada, tras algunas querellas doctrinales, madre de Dios (Theotokos) en el Concilio de Éfeso en el año 431. Se trataba de confirmar que Cristo era propiamente Dios desde que fue concebido en el vientre de María, que en consecuencia no solo es madre del Cristo hombre, sino también del Cristo Dios. Pero lo importante para los fieles es que, a través del Cuerpo Místico de Cristo, María es también madre mía. Como decía la canción infantil "tengo en casa a mi mamá, pero mis mamás son dos; en el cielo está la Virgen, que es también Madre de Dios".

Con el tiempo, se fue adornando a la Virgen de virtudes humanas y teológicas. Muchas de ellas, desgraciadamente, son reflejo de la obsesión de la Iglesia con el pecado, y en particular, con el pecado contra el sexto mandamiento, obsesión que empezó en fecha bastante tardía. En otro post hablaré de las razones y los efectos de esta "moral del pecado", en mi opinión tan perniciosa y que, afortunadamente, la Iglesia actual está superando.

Es lugar común entre los críticos con la iglesia católica referirse al dogma de la perpetua virginidad de María, virgen "antes, durante y después del parto" y a los hermanos de Jesús. No voy a entrar en el tema de los hermanos porque, aunque muy sesudos sacerdotes se sigan afanando en dar explicaciones etimológicas de que en hebreo "hermano" significa en realidad "pariente", y sin ánimo de ofender a nadie, a mí particularmente, no me supone ningún problema admitir que María, después de tener a Jesús, haya mantenido una relación sana con su esposo José, y haya tenido más hijos. Siempre he sido partidario de la familia numerosa.

En cuanto al dogma en sí, fue anticipado en el Concilio de Letrán en 649, y el Papa Pablo IV lo formuló con todas las letras en 1555. No solo rechina a una mente lógica en su aspecto puramente médico que una mujer pueda dar a luz sin perder la virginidad (en este sentido se equipara al dogma del Dios uno y trino, que también se resuelve renunciando a la razón y apelando a la fe) sino que, en una época en que la propia virginidad ha perdido gran parte de su simbolismo y atractivo, gracias a la liberación de la mujer en el terreno sexual, como en muchos otros, este dogma se ve trasnochado

En los últimos años, es muy raro oír en los púlpitos ninguna referencia al tema, aunque en el Credo se siga recitando "Creo en Santa María siempre Virgen". Si acaso, los curas mencionan el ejemplo que María nos da de confianza en Dios, de someterse a su voluntad sin cuestionarse los misterios.
Sin embargo, el dogma se mantiene, como también el de la Inmaculada Concepción, que no se refiere, como su propio nombre parece indicar y como muchos cristianos asumen, al hecho de que Jesús haya sido concebido sin acceso carnal, que para eso ya está el ya citado de la perpetua virginidad, sino a que la propia María fue concebida sin mancha de pecado original. 

Este nuevo dogma mariano fue proclamado por Pío IX, el que dio nombre a los pasteles piononos, el Papa con el pontificado más largo. Y lo formuló el 8 de  diciembre de 1854, ayer por la tarde, como quien dice. 


Este pontífice no hizo precisamente honor a su función de "puente". Proclamó la infalibilidad papal cuando hablaba "Ex Cathedra" sobre temas de fe y de moral (por si acaso) y, aunque solo recurrió a esta fórmula para proclamar el tercer dogma mariano, el de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo, en temas precisamente de fe y de moral se despachó anatematizando, entre otros, el panteísmo, el naturalismo, el racionalismo, el indeferentismo, la salvación fuera de la iglesia, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, las sociedades secretas, el biblismo, y la autonomía de la sociedad civil. Dudo que, si viviera ahora, se llevara muy bien con el Papa Francisco quien, por cierto, me cae muy bien. O tempora, o mores.

sábado, 22 de agosto de 2015

Nosotros en el universo




Buenos días, espero que el de hoy sea un post muy animado, porque voy a hablar de religión.

-          Piensa en ti mismo, en lo importante que eres.

-                  -      Bien, ahora imagínate en una final en un estadio de fútbol, entre, digamos 20.000 personas. 

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-          Ahora piensa en ti dentro en la mayor manifestación a la que hayas asistido. Os pongo por ejemplo la de "manos blancas" contra ETA en Madrid, cuando mataron a Miguel Ángel Blanco. Un millón y medio de personas.  

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-          Bien, ahora considera que la población mundial actual es de unos 7.000 millones

-          Estás acostumbrado a vivir en la ciudad, donde la densidad de población suele ser alta, de varios miles de habitantes por Km. cuadrado. Pero la superficie de la tierra firme es de unos 150 millones de Km2. Si toda la humanidad viviera tan concentrada como en Nueva York, por ejemplo, la humanidad entera ocuparía aproximadamente el 0,5 de la tierra firme, y el resto (el 95%) estaría desierto. Así de grande es la tierra firme.

-          Pero es que los mares ocupan más de las 2/3 partes de la Tierra, un 70% aproximadamente.

¿Te vas haciendo una idea de lo pequeño que eres aquí en la Tierra? Ahora te mostraré un video



No solo eso, es que, además de ser el bicho más insignificante del universo, después de esta vida de sacrificios te vas a morir, y salvo que tengas hijos o hayas "marcado una diferencia", como dicen los americanos, volverás al polvo, no quedará nada de ti.

¿Deprimido? Pues ahora viene alguien y te dice - No te preocupes, porque el Creador de todo ese enorme Universo, Dios omnipotente, se ha fijado en ti, precisamente en ti; me ha revelado que te considera su hijo y te ofrece la vida eterna y eternamente feliz. A cambio solo tienes que vivir tu vida de acuerdo a lo que yo te vaya diciendo que Dios quiere de ti. Además, está escrito en un libro, un libro sagrado, y si te surge alguna duda, siempre puedes consultarme ¿Hay trato?
- Eeh… Espera, aún no estoy muy seguro… - Bueno,-  te responde, - eres libre de no aceptar la oferta, pero ten en cuenta que, como Dios es tu padre y te quiere, si le rechazas te estás condenando voluntariamente a una eternidad de infelicidad. Sí, no te lo había dicho, pero eres eterno de todos modos. La diferencia está en si quieres ser feliz con nosotros o infeliz solo o con todos los que han rechazado a Dios.


La palabra "religión" viene del latín "religio", que a su vez se compone del prefijo "re", que indica intensidad y el verbo "ligare" o atar, con el sufijo "ion" (acción y efecto). Se podría pues traducir como "acción y efecto de estar fuertemente atado a Dios".
La cuestión es si el hecho de asumir como propia esa creencia supone una atadura que te hace siervo o si por el contrario te ayuda a crecer como persona y a ser más libre. Como en otros aspectos de la vida, la pregunta del millón es "Qui prodest?" "¿quién se beneficia?